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14. Cuando la sabiduría se convierte en necedad

📅 23-06-2026

1 Corintios 3:18–23 “Nadie se engañe a sí mismo; si alguno entre vosotros se cree sabio en este siglo, hágase ignorante, para que llegue a ser sabio. Porque la sabiduría de este mundo es insensatez para con Dios; pues escrito está: Él prende a los sabios en la astucia de ellos. Y otra vez: El Señor conoce los pensamientos de los sabios, que son vanos. Así que, ninguno se gloríe en los hombres; porque todo es vuestro: sea Pablo, sea Apolos, sea Cefas, sea el mundo, sea la vida, sea la muerte, sea lo presente, sea lo por venir, todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios”. A lo largo de los primeros capítulos de esta carta, Pablo ha estado desmontando cuidadosamente una forma equivocada de pensar que se había infiltrado en la iglesia de Corinto. Detrás de las divisiones, las rivalidades y la exaltación de ciertos líderes existía un problema más profundo: los creyentes seguían evaluando la realidad con los mismos criterios que utilizaba el mundo. Por eso comienza con una advertencia que sigue siendo necesaria para cada generación de creyentes: “Nadie se engañe a sí mismo”. Resulta interesante que Pablo no diga: “No permitan que otros los engañen”. Dice: “Nadie se engañe a sí mismo”. Los engaños más peligrosos suelen ser aquellos que construimos dentro de nuestro propio corazón. Existe una clase de autoengaño espiritual que consiste en creer que somos más sabios de lo que realmente somos. Es la ilusión de pensar que ya entendemos suficientemente las cosas de Dios, que nuestras conclusiones siempre son correctas o que nuestra perspectiva es la medida de toda verdad. Con los años he descubierto que una de las formas más sutiles del orgullo espiritual consiste en creer que somos dueños de la verdad. Cuando estamos convencidos de que nuestra interpretación es siempre la correcta, fácilmente comenzamos a mirar a otros desde una posición de superioridad. Nos transformamos en jueces de quienes piensan distinto, clasificamos a los hermanos según nuestros propios criterios y terminamos confundiendo nuestras conclusiones con la autoridad misma de Dios. Sin embargo, la realidad es muy diferente. Ninguno de nosotros posee un entendimiento perfecto de todas las cosas. Ninguno puede afirmar que ha agotado la profundidad de las Escrituras. Como escribí hace algunos años: “No soy dueño de la verdad; quien es la Verdad es mi dueño”. La verdad no es una doctrina que controlamos ni un sistema teológico que dominamos. La verdad tiene nombre: Jesucristo. Y cuanto más cerca caminamos de Él, más humildes deberíamos volvernos. Corinto estaba llena de esa actitud. Vivían en una cultura fascinada por el conocimiento, la filosofía y la capacidad intelectual. La influencia griega seguía siendo fuerte. Los grandes pensadores eran admirados. Los oradores eran celebridades de su tiempo. La habilidad para argumentar podía abrir puertas al prestigio social y al reconocimiento público. Sin darse cuenta, algunos creyentes habían comenzado a trasladar esos mismos valores a la vida de la iglesia. Pero Pablo les dice algo sorprendente: “Si alguno se cree sabio en este siglo, hágase ignorante, para que llegue a ser sabio”. No está promoviendo la ignorancia intelectual. El cristianismo jamás ha sido enemigo del pensamiento serio. A lo largo de la historia, algunos de los más brillantes filósofos, científicos, académicos y escritores han sido seguidores de Cristo. Lo que Pablo confronta es la autosuficiencia intelectual. La verdadera sabiduría comienza cuando reconocemos los límites de nuestra propia sabiduría. Es una verdad que atraviesa toda la Escritura. El libro de Proverbios declara que “el principio de la sabiduría es el temor de Jehová”. Antes de aprender muchas cosas sobre Dios, debemos reconocer que Él es Dios y nosotros no. La fe cristiana nunca exige apagar la mente. Exige rendirla. Y existe una diferencia enorme entre ambas cosas. Una mente apagada deja de pensar. Una mente rendida aprende a pensar bajo la autoridad de Dios. Por eso Pablo afirma que “la sabiduría de este mundo es insensatez para con Dios”. No significa que todo conocimiento humano sea inútil. La medicina, la ciencia, la ingeniería, la investigación y muchas otras disciplinas son expresiones de la gracia común de Dios. El problema aparece cuando el ser humano pretende explicar la realidad excluyendo al Creador. La historia demuestra que el hombre puede alcanzar logros extraordinarios y, al mismo tiempo, permanecer ciego respecto a las verdades más importantes de la existencia. Puede explorar galaxias lejanas y, sin embargo, no reconocer a Aquel que las creó. Puede descifrar los secretos de la materia y seguir ignorando la condición de su propia alma. El problema no es la inteligencia, sino la arrogancia que lleva a pensar que el conocimiento humano es suficiente sin Dios. Por eso Pablo ya había recordado a los corintios: “Lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es” (1 Co 1:27-28). Dios suele obrar de maneras que desafían nuestros criterios de importancia. El mundo admira el poder, la influencia, el prestigio y el reconocimiento. Dios mira el corazón humilde que reconoce su necesidad de gracia. La cruz es el ejemplo supremo de esta realidad. Ningún filósofo habría imaginado que la salvación del mundo vendría a través de un Mesías crucificado. Ningún estratega habría diseñado un plan donde la victoria llegara mediante el aparente fracaso. Ningún gobernante habría escogido la debilidad como instrumento para manifestar el poder. Pero precisamente allí, en aquello que el mundo consideró despreciable, Dios reveló su sabiduría eterna. Cuando olvidamos esta verdad, comenzamos a confiar demasiado en nuestras capacidades, nuestros razonamientos y nuestros sistemas. Pero cuando recordamos que Dios escogió lo vil y menospreciado para glorificarse, aprendemos a caminar con humildad, reconociendo que la verdadera sabiduría siempre comienza donde termina la autosuficiencia humana. La historia demuestra cuán fácilmente la humanidad cae en esa ilusión. Cada generación produce pensadores convencidos de haber superado las limitaciones del pasado. Cada época cree poseer respuestas definitivas para los grandes problemas humanos. Sin embargo, los siglos pasan y los mismos conflictos continúan reapareciendo bajo nuevas formas. Esta misma tendencia también aparece dentro de la iglesia. Cada cierto tiempo surge algún “iluminado” que, despreciando o minimizando dos mil años de reflexión cristiana, afirma haber descubierto una revelación completamente nueva, una interpretación que nadie antes había visto o una verdad supuestamente perdida durante siglos. Pero la fe cristiana no se construye sobre novedades espirituales. Dios ciertamente sigue iluminando nuestra comprensión de las Escrituras, pero no entrega nuevas doctrinas que contradigan la revelación ya dada en Cristo y preservada en su Palabra. La verdad bíblica puede redescubrirse, profundizarse y aplicarse con mayor claridad, pero no necesita ser reinventada. La historia de la iglesia nos enseña que la humildad suele caminar de la mano con el reconocimiento de que no somos los primeros en leer la Biblia. Generaciones de creyentes fieles, pastores, teólogos y mártires han estudiado las mismas Escrituras antes que nosotros. Podemos aprender de ellos sin convertirlos en una autoridad infalible, pero también sin caer en la arrogancia de pensar que la verdad comenzó con nuestra generación. La tecnología avanza. El conocimiento aumenta. Pero el corazón humano sigue necesitando redención. La ciencia puede explicar muchos aspectos de la creación, pero no puede resolver el problema del pecado. La filosofía puede formular preguntas profundas, pero no puede ofrecer expiación. La política puede mejorar ciertas condiciones sociales, pero no puede regenerar el corazón. Solo el evangelio aborda la raíz del problema humano. Por eso Dios “prende a los sabios en la astucia de ellos”. Aquellos que creen poseer todas las respuestas terminan tropezando con sus propias limitaciones. La iglesia contemporánea tampoco está libre de este peligro. Vivimos en una época donde la información es abundante. Nunca había sido tan fácil acceder a sermones, conferencias, comentarios bíblicos, cursos teológicos y recursos de estudio. Eso es una bendición extraordinaria. Pero también puede producir una ilusión peligrosa. Podemos llegar a confundir conocimiento con madurez. Podemos acumular información bíblica sin cultivar humildad. Podemos ganar discusiones doctrinales mientras perdemos el carácter de Cristo. He conocido creyentes con escasa formación académica que reflejaban una profunda sabiduría espiritual. También he conocido personas con vastos conocimientos teológicos cuya arrogancia terminaba opacando aquello que enseñaban. La verdadera sabiduría cristiana no consiste simplemente en saber más. Consiste en parecerse más a Cristo. Allí se encuentra una de las raíces más profundas de muchas divisiones dentro de la iglesia. Cuando creemos que poseemos toda la verdad, dejamos de escuchar. Cuando confundimos nuestras conclusiones con la voz misma de Dios, comenzamos a levantar barreras entre hermanos que comparten el mismo evangelio. El orgullo intelectual rara vez permanece aislado; tarde o temprano termina produciendo rivalidades, partidos y conflictos. Quizás por eso Pablo concluye regresando al problema original de las divisiones: “Ninguno se gloríe en los hombres”. Los corintios estaban peleando por Pablo, Apolos y Cefas. Habían convertido a los siervos en banderas y a los maestros en motivos de rivalidad. Pero Pablo les muestra lo absurdo de aquella actitud. ¿Por qué dividirse por líderes cuando todos ellos han sido dados para beneficio de la iglesia? ¿Por qué pelear por una parte cuando ya poseen el todo en Cristo? La misma tendencia continúa apareciendo en nuestros días. Algunos se identifican principalmente con una tradición denominacional. Otros con un autor favorito, una corriente teológica o un ministerio particular. A veces terminamos hablando más de nuestros referentes que de Cristo mismo. Sin darnos cuenta, convertimos aquello que debía enriquecernos en un motivo de separación. Pablo nos recuerda que ningún siervo de Dios fue dado para que construyéramos partidos alrededor de su nombre. Los pastores, maestros y líderes son regalos de Dios para edificar a su pueblo, no para fragmentarlo. Cuando comprendemos esto, dejamos de competir y comenzamos a agradecer. Dejamos de preguntarnos quién tiene toda la razón y comenzamos a reconocer cómo Dios ha obrado a través de distintos hermanos a lo largo de la historia de la iglesia. Por eso el apóstol afirma: “Todo es vuestro”. Pablo, Apolos, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, lo presente y lo por venir; todo pertenece al pueblo de Dios porque nosotros pertenecemos a Cristo, y Cristo pertenece al Padre. Qué contraste tan extraordinario: mientras los corintios peleaban por pequeñas parcelas de influencia, Pablo les recuerda la inmensa herencia que ya poseen en el Señor. Cuando Cristo ocupa el centro, las rivalidades pierden fuerza. Cuando comprendemos lo que hemos recibido por gracia, dejamos de aferrarnos a las etiquetas. Y cuando recordamos que todos pertenecemos al mismo Salvador, descubrimos que tenemos mucho más en común de lo que nos separa. Lo que sigue es una de las declaraciones más extraordinarias de la carta: “Todo es vuestro”. Pablo no está promoviendo una teología triunfalista ni una promesa de prosperidad material ilimitada. Está describiendo la riqueza espiritual que pertenece a quienes están unidos a Cristo. El mundo. La vida. La muerte. Lo presente. Lo por venir. Todo queda subordinado al propósito redentor de Dios para sus hijos. Incluso aquello que hoy produce temor o incertidumbre está bajo el señorío de Cristo. La muerte misma, que para el mundo representa una derrota definitiva, se transforma para el creyente en la puerta hacia la presencia del Señor. Y el fundamento de toda esta seguridad aparece en la última frase: “Vosotros de Cristo, y Cristo de Dios”. Allí termina toda rivalidad. Allí termina toda jactancia. Allí termina toda necesidad de construir identidades alrededor de líderes humanos. Porque cuando comprendemos que pertenecemos a Cristo, descubrimos que ya poseemos aquello que estábamos buscando en otros lugares. Como escribió C. S. Lewis: “El hombre que tiene a Dios y todo lo demás, no tiene más que el hombre que tiene solo a Dios”. Los corintios buscaban prestigio espiritual. Pablo les recuerda que ya pertenecen al Rey del universo. La gracia que transforma nos libera de la necesidad de demostrar nuestra importancia. Nos enseña a descansar en la suficiencia de Cristo. Y cuando Cristo ocupa el centro, la sabiduría del mundo pierde su brillo, porque hemos encontrado algo infinitamente mejor. ¿Estás construyendo tu identidad sobre lo que sabes, sobre las personas que admiras o sobre la seguridad de pertenecer completamente a Cristo? Oración Señor, líbranos del orgullo que tantas veces acompaña al conocimiento. Guárdanos del engaño de creer que podemos comprenderlo todo o que nuestra sabiduría es suficiente. Danos un corazón humilde, dispuesto a aprender y a someterse a tu verdad. Ayúdanos a encontrar nuestra identidad únicamente en Cristo y no en nuestras capacidades, logros o referentes humanos. Que cada día crezcamos no solo en conocimiento, sino también en semejanza a tu Hijo. Gracias porque en Él tenemos todo lo que realmente necesitamos. En el nombre de Jesús, amén

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