📖 Último devocional publicado
36. El poder de la oración en la misión
📅 05-06-2026
2 Tesalonicenses 3:1–5 “Por lo demás, hermanos, orad por nosotros, para que la palabra del Señor corra y sea glorificada, así como lo fue entre vosotros, y para que seamos librados de hombres perversos y malos; porque no es de todos la fe. Pero fiel es el Señor, que os afirmará y guardará del mal. Y tenemos confianza respecto a vosotros en el Señor, en que hacéis y haréis lo que os hemos mandado. Y el Señor encamine vuestros corazones al amor de Dios, y a la paciencia de Cristo”. Al acercarse al final de la carta, Pablo vuelve a tocar un tema que aparece una y otra vez a lo largo de todo su ministerio: la oración. Sin embargo, resulta interesante observar que no comienza pidiendo oración por comodidad personal, éxito material o bienestar físico. Lo primero que pide es algo mucho más profundo: “Orad por nosotros, para que la palabra del Señor corra y sea glorificada”. La imagen es hermosa. Pablo presenta el evangelio como un corredor avanzando con rapidez hacia nuevos lugares. No se trata simplemente de que más personas escuchen información religiosa. Se trata de que la Palabra de Dios avance libremente, transforme vidas y sea recibida con fe. Y esto revela algo importante acerca del corazón del apóstol. Incluso en medio de persecuciones, peligros y dificultades, su prioridad principal seguía siendo el avance del evangelio. A veces podemos leer las cartas de Pablo y olvidar las circunstancias en las que fueron escritas. Pero la realidad es que buena parte de su ministerio transcurrió bajo oposición constante. Fue perseguido, encarcelado, golpeado, rechazado y calumniado. En muchas ciudades enfrentó resistencia tanto de sectores religiosos como de autoridades civiles. Sin embargo, cuando pide oración, no dice: “Orad para que mi vida sea más fácil”. Tampoco dice: “Orad para que desaparezcan todos los problemas”. Pide oración para que la Palabra siga avanzando. Y eso confronta profundamente nuestra manera de orar. Con frecuencia nuestras oraciones giran casi exclusivamente alrededor de nuestras necesidades personales. Oramos por salud, trabajo, provisión, protección o dificultades familiares. Y no hay nada incorrecto en presentar esas necesidades delante de Dios. La Biblia nos anima a hacerlo. Pero muchas veces la expansión del Reino de Dios ocupa un lugar mucho menor en nuestras peticiones. Pablo nos recuerda que la misión de la iglesia no avanza solamente mediante estrategias, recursos o capacidades humanas. Avanza mediante la obra soberana de Dios respondiendo las oraciones de su pueblo. Y la historia de la iglesia confirma esta realidad una y otra vez. Los grandes movimientos de avivamiento, expansión misionera y renovación espiritual casi siempre estuvieron precedidos por temporadas intensas de oración. Detrás de muchos de los avances visibles del evangelio existieron creyentes desconocidos clamando fielmente delante de Dios. Porque la oración no es un complemento opcional de la misión. Es uno de los medios que Dios ha establecido para llevar adelante su obra. Luego Pablo añade otra petición: “para que seamos librados de hombres perversos y malos; porque no es de todos la fe”. Estas palabras nos recuerdan una realidad que muchas veces la iglesia contemporánea prefiere ignorar. No todo el mundo recibirá el evangelio con agrado. Existe una tendencia moderna a presentar el mensaje cristiano como algo que inevitablemente será aceptado si simplemente se comunica de manera adecuada. Sin embargo, la experiencia bíblica muestra otra realidad. El evangelio atrae a muchos, pero también provoca rechazo. Jesús fue rechazado. Los apóstoles fueron rechazados. Los primeros cristianos fueron rechazados. Y la iglesia sigue experimentando oposición en distintos lugares del mundo. Pablo entiende que detrás de gran parte de esa resistencia existe un problema espiritual profundo. “No es de todos la fe”. No todos responden al llamado de Dios de la misma manera. Pero resulta importante observar que Pablo no responde al rechazo con amargura, resentimiento ni desesperación. Tampoco pierde la confianza en Dios. Por el contrario, inmediatamente dirige la mirada hacia la fidelidad divina. “Pero fiel es el Señor…” Qué contraste tan hermoso. Los hombres pueden fallar. Las circunstancias pueden cambiar. Las oposiciones pueden aumentar. Pero el Señor permanece fiel. A lo largo de estas cartas hemos visto repetidamente que la esperanza cristiana descansa sobre la fidelidad de Dios. Y aquí Pablo vuelve a enfatizar exactamente la misma verdad. No dice que los creyentes serán fuertes por sí mismos. No dice que nunca enfrentarán dificultades. Dice que el Señor los afirmará y los guardará del mal. La palabra afirmar transmite la idea de fortalecer, estabilizar y sostener. Dios no abandona a sus hijos para que enfrenten solos las batallas de la vida. Él mismo actúa fortaleciendo a los suyos. Y cuando habla de ser guardados del mal, no está prometiendo una existencia libre de sufrimiento o conflicto. La misma iglesia de Tesalónica era prueba de ello. Más bien está recordando que ningún poder puede finalmente destruir la obra que Dios está realizando en la vida de sus hijos. Esta verdad aparece repetidamente en toda la Escritura. Jesús declaró que nadie arrebataría a sus ovejas de su mano. Pablo escribió en Romanos que nada podrá separarnos del amor de Dios. Pedro afirmó que somos guardados por el poder de Dios mediante la fe. La seguridad del creyente no descansa en su capacidad para sostenerse a sí mismo, sino en el poder de Dios que lo sostiene. Y eso resulta profundamente consolador. Porque si algo descubrimos con el paso de los años es nuestra propia fragilidad. Conocemos nuestras luchas. Conocemos nuestras debilidades. Conocemos nuestras limitaciones. Pero también aprendemos que la fidelidad de Dios es mucho mayor que nuestra fragilidad. Después de afirmar esta confianza, Pablo añade: “Y tenemos confianza respecto a vosotros en el Señor, en que hacéis y haréis lo que os hemos mandado”. Es interesante notar que Pablo confía en la obediencia de los creyentes, pero no porque tenga una visión ingenuamente optimista de la naturaleza humana. Su confianza está “en el Señor”. Entiende que la obediencia cristiana no nace simplemente de la fuerza de voluntad. Nace de la obra continua de Dios transformando el corazón. Por eso el crecimiento espiritual auténtico nunca consiste únicamente en adquirir más conocimiento. Consiste en permitir que la verdad de Dios produzca obediencia práctica. Finalmente, Pablo concluye esta sección con una hermosa oración pastoral: “Y el Señor encamine vuestros corazones al amor de Dios, y a la paciencia de Cristo”. Aquí encontramos dos de las necesidades más profundas de toda la vida cristiana. Primero, el amor de Dios. No solamente nuestro amor hacia Dios, sino la comprensión creciente de su amor hacia nosotros. Porque toda vida cristiana saludable nace de la certeza de ser amados por Él. Cuando perdemos de vista el amor de Dios, la fe fácilmente se transforma en legalismo, esfuerzo agotador o simple religiosidad externa. Pero cuando comprendemos realmente cuánto nos ha amado en Cristo, la obediencia deja de ser una carga y se convierte en una respuesta de gratitud. Luego Pablo habla de “la paciencia de Cristo”. La palabra utilizada aquí tiene el sentido de perseverancia, resistencia y firmeza bajo presión. Cristo caminó obedientemente hacia la cruz. Cristo soportó el rechazo. Cristo soportó el sufrimiento. Cristo perseveró hasta el final. Y Pablo ora para que esa misma perseverancia caracterice también la vida de los creyentes. Porque la esperanza cristiana no consiste solamente en comenzar la carrera de la fe. Consiste en perseverar hasta el final con la mirada puesta en Cristo. Como escribió Andrew Murray: “La oración no es simplemente pedir cosas a Dios; es participar en la obra que Dios está realizando”. Al mirar este pasaje surge una pregunta necesaria: ¿nuestras oraciones están centradas solamente en nuestras necesidades personales o también en el avance del Reino de Dios? Porque la esperanza cristiana no nos convierte en espectadores pasivos de la obra de Dios. Nos convierte en participantes activos que oran, perseveran y confían en la fidelidad del Señor mientras el evangelio continúa avanzando. ORACIÓN Señor, gracias porque tu fidelidad permanece firme aun cuando nuestras fuerzas son limitadas. Ayúdanos a ser una iglesia que ora no solamente por sus propias necesidades, sino también por el avance de tu Reino y la expansión de tu Palabra. Afirma nuestros corazones cuando enfrentemos oposición y recuérdanos que tú eres quien nos sostiene y nos guarda. Encamina nuestra vida cada día hacia tu amor y hacia la perseverancia de Cristo. Que podamos servirte con fidelidad mientras esperamos el cumplimiento de todas tus promesas. En el nombre de Jesús, amén.