📖 Último devocional publicado
2. Antes de la corrección, la gracia
📅 11-06-2026
1 Corintios 1:4–9 “Gracias doy a mi Dios siempre por vosotros, por la gracia de Dios que os fue dada en Cristo Jesús; porque en todas las cosas fuisteis enriquecidos en él, en toda palabra y en toda ciencia; así como el testimonio acerca de Cristo ha sido confirmado en vosotros; de tal manera que nada os falta en ningún don, esperando la manifestación de nuestro Señor Jesucristo; el cual también os confirmará hasta el fin, para que seáis irreprensibles en el día de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es Dios, por el cual fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo nuestro Señor”. Hay algo sorprendente en estos versículos cuando los leemos a la luz de todo lo que viene después. Pablo conoce los problemas de la iglesia de Corinto. Sabe de las divisiones que están fracturando la comunión. Sabe de los conflictos internos, de los casos de inmoralidad, de las disputas entre hermanos, de los abusos relacionados con los dones espirituales y de las confusiones doctrinales que amenazan la salud de la congregación. Sin embargo, cuando toma la pluma para escribirles, no comienza con una reprimenda. Comienza con gratitud. No se trata de una cortesía formal ni de una estrategia diplomática. Pablo está viendo algo que muchos de nosotros pasamos por alto con facilidad: la gracia de Dios obrando en medio de una comunidad todavía imperfecta. A menudo nos resulta sencillo identificar lo que está mal. Podemos detectar errores, debilidades y fracasos con notable rapidez. Lo difícil es reconocer la obra silenciosa que Dios está realizando mientras el proceso de transformación continúa. Pablo no ignora los problemas de Corinto, pero tampoco permite que esos problemas le impidan ver la fidelidad de Dios. Por eso da gracias por la gracia que les fue dada en Cristo Jesús. No agradece por la madurez de los corintios. No agradece por sus logros espirituales. No agradece porque hayan alcanzado la plenitud. Agradece por la gracia. Toda verdadera vida cristiana comienza allí. En una ciudad donde el prestigio social era altamente valorado y donde muchos medían el éxito por la riqueza, la influencia o la capacidad intelectual, Pablo recuerda que el fundamento de la iglesia no es el mérito humano, sino el regalo inmerecido de Dios. Todo lo que poseían espiritualmente tenía una sola fuente: la gracia recibida en Cristo. Esa verdad sigue siendo necesaria para la iglesia de nuestros días. Vivimos en una cultura obsesionada con las comparaciones. Compararnos con otros ministerios, otras iglesias, otros creyentes o incluso con versiones idealizadas de nosotros mismos puede robarnos la alegría y la paz. Sin embargo, el evangelio nos recuerda que nuestra relación con Dios no descansa sobre nuestros méritos, sino sobre la obra perfecta de Cristo. Pablo continúa diciendo que los creyentes habían sido enriquecidos en Él. Resulta interesante que use ese lenguaje en una ciudad famosa por su prosperidad económica. Corinto conocía bien el valor del dinero, del comercio y de los bienes materiales. Pero Pablo dirige la mirada hacia una riqueza superior. Los tesoros más importantes que poseían no estaban en los mercados de la ciudad ni en las cuentas de los comerciantes, sino en Cristo mismo. Habían sido enriquecidos en palabra y conocimiento. El evangelio había abierto sus ojos para comprender las verdades de Dios. El testimonio de Cristo había echado raíces entre ellos. El Espíritu Santo estaba obrando en la congregación y manifestando sus dones. Sin embargo, incluso estos privilegios espirituales podían convertirse en motivo de orgullo si se separaban de la gracia. Más adelante Pablo tendrá que corregir precisamente ese problema. Los dones eran reales, pero no constituían una señal de superioridad espiritual. Eran expresiones de la generosidad de Dios. Eso también merece una reflexión para nuestro tiempo. Existe una diferencia entre apreciar los dones de Dios y construir nuestra identidad sobre ellos. Los dones son herramientas para servir. Cristo es el fundamento sobre el cual descansa nuestra identidad. Cuando confundimos ambas cosas, terminamos valorando más nuestras capacidades que la gracia que las hizo posibles. Luego Pablo dirige la mirada hacia el futuro. Los creyentes esperan la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. La vida cristiana siempre mira hacia adelante. Hemos sido regenerados por la gracia, estamos siendo santificados por la gracia y un día seremos glorificados por esa misma gracia. La salvación no es solamente un acontecimiento pasado ni una experiencia presente; también es una esperanza futura firmemente anclada en la fidelidad de Dios. Por eso Pablo puede afirmar con confianza que Cristo los confirmará hasta el fin. La seguridad del creyente no descansa finalmente en la fuerza de su perseverancia, sino en la fidelidad de Aquel que lo llamó. Los corintios tendrían que corregir muchas cosas. Había pecados que abandonar, actitudes que transformar y verdades que abrazar. Pero la esperanza de Pablo no estaba puesta en la capacidad de los corintios para sostenerse a sí mismos, sino en la capacidad de Cristo para sostenerlos. La carta entera se apoyará sobre esta certeza. El Dios que llama es el Dios que sostiene. El Dios que salva es el Dios que transforma. El Dios que comienza la obra es el Dios que la llevará a su cumplimiento. Por eso el pasaje culmina con una declaración sencilla y poderosa: “Fiel es Dios”. No la fidelidad de Corinto. No la fidelidad de Pablo. La fidelidad de Dios. Y esa sigue siendo nuestra esperanza hoy. Cuando observamos nuestras luchas, nuestras debilidades o los desafíos de la iglesia contemporánea, podemos sentirnos tentados a desanimarnos. Pero el evangelio nos invita a levantar la vista y recordar que la historia de la redención nunca ha dependido de la perfección humana. Siempre ha dependido de la fidelidad inquebrantable de Dios manifestada en Jesucristo. ¿Estás enfocando tu vida espiritual principalmente en tus debilidades y fracasos, o estás aprendiendo a reconocer también la obra constante que Dios está realizando en ti por medio de Su gracia? Oración Padre celestial, gracias porque tu gracia no solo nos encontró cuando estábamos perdidos, sino que continúa obrando cada día en nuestra vida. Cuando vemos nuestras limitaciones y procesos inconclusos, ayúdanos a recordar que tu fidelidad es mayor que nuestra debilidad. Enséñanos a descansar en Cristo, a servir con humildad los dones que nos has dado y a vivir con la esperanza de aquel día en que completarás la obra que comenzaste en nosotros. En el nombre de Jesús, amén