📖 Último devocional publicado
10. Cuando la sabiduría se vuelve orgullo
📅 19-06-2026
1 Corintios 3:1–4 “De manera que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Os di a beber leche, y no vianda; porque aún no erais capaces, ni sois capaces todavía, porque aún sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres? Porque diciendo el uno: Yo ciertamente soy de Pablo; y el otro: Yo soy de Apolos, ¿no sois carnales?” Una de las mayores sorpresas que encontramos al leer la carta a los Corintios es descubrir que los problemas de esta iglesia no nacían de la falta de conocimiento. De hecho, era una congregación que había recibido abundante enseñanza apostólica. Habían escuchado a Pablo. Habían conocido a Apolos. Poseían dones espirituales. Tenían acceso a una riqueza doctrinal que muchas iglesias habrían envidiado. Sin embargo, Pablo acaba de hablarles acerca de la sabiduría espiritual y de la mente de Cristo, pero ahora cambia bruscamente el tono. Es como si dijera: “Todo lo que acabo de explicar debería estar reflejándose en su manera de vivir, pero no está ocurriendo”. Y entonces utiliza una expresión sorprendente: “niños en Cristo”. Observemos cuidadosamente lo que Pablo no está diciendo. No los llama incrédulos. No cuestiona su salvación. No afirma que hayan perdido su relación con Dios. Siguen siendo hermanos. Siguen estando en Cristo. Pero son creyentes que, teniendo tiempo para crecer, continúan comportándose como niños espirituales. La inmadurez espiritual no consiste en saber poco. Consiste en no permitir que la verdad transforme nuestra manera de vivir. Un niño puede aprender muchas palabras antes de comprender realmente su significado. Puede repetir conceptos que ha escuchado de los adultos sin entender todavía todas sus implicaciones. Algo parecido estaba ocurriendo en Corinto. Los creyentes conocían doctrinas, pero seguían alimentando rivalidades, celos y divisiones. Por eso Pablo menciona algo muy concreto. No analiza cuánto conocimiento bíblico poseen. No evalúa cuántos versículos han memorizado. Tampoco examina cuánto tiempo pasan discutiendo asuntos teológicos. Mira sus relaciones. Mira sus actitudes. Mira la forma en que se tratan unos a otros. Y concluye que todavía están actuando de manera carnal. Esto resulta profundamente confrontador para la iglesia contemporánea. Vivimos en una época donde el acceso al conocimiento bíblico es prácticamente ilimitado. Podemos escuchar predicaciones de cualquier parte del mundo. Podemos estudiar idiomas bíblicos desde nuestros teléfonos. Podemos acceder a bibliotecas enteras de recursos teológicos en cuestión de segundos. Y todo eso es una enorme bendición. Pero existe un peligro silencioso. Podemos confundir información con madurez. Podemos pensar que crecer espiritualmente consiste simplemente en aprender más cosas. Podemos llegar a creer que una comprensión doctrinal más precisa es equivalente a una vida más parecida a Cristo. Sin embargo, Pablo parece medir la madurez utilizando otro criterio. ¿Cómo tratas a tus hermanos? ¿Cómo reaccionas cuando alguien no comparte exactamente tus opiniones? ¿Cómo respondes cuando eres corregido? ¿Cómo manejas los conflictos? ¿Cómo actúas cuando no recibes el reconocimiento que esperabas? Los celos, las contiendas y las divisiones que existían en Corinto revelaban que aún quedaba mucho trabajo por hacer en sus corazones. Y, muchas de esas mismas señales siguen apareciendo en nuestras iglesias. He conocido creyentes con una sólida formación doctrinal que reaccionan con orgullo cuando alguien discrepa con ellos. He visto discusiones donde el deseo de tener razón termina siendo más fuerte que el deseo de amar. He observado cómo algunos defienden la gracia con sus labios mientras niegan esa misma gracia en la manera en que tratan a otros creyentes. Corinto nos recuerda que la madurez espiritual no se demuestra principalmente en una conversación teológica. Se demuestra en una vida transformada. Por supuesto, la doctrina importa. Pablo dedicará buena parte de esta carta a corregir errores doctrinales importantes. La verdad debe ser defendida y enseñada con fidelidad. Pero la doctrina nunca fue diseñada para inflar el ego de los creyentes. Fue dada para conducirnos a Cristo y conformarnos a su imagen. John Stott escribió que “la marca de la madurez cristiana no es simplemente el conocimiento de la verdad, sino la semejanza con Cristo”. Esa diferencia es crucial. Porque es posible ganar una discusión y perder el espíritu de Cristo en el proceso. Es posible tener argumentos correctos y un corazón equivocado. Es posible conocer profundamente las Escrituras y seguir actuando como un niño espiritual. La buena noticia es que Pablo no escribe estas palabras para avergonzarlos, sino para ayudarlos a crecer. La gracia que los había salvado seguía obrando en ellos. Todavía había inmadurez. Todavía había áreas que necesitaban transformación. Pero Dios no había terminado su obra. Y esa misma esperanza nos acompaña hoy. La madurez cristiana no ocurre de la noche a la mañana. Es el fruto de una vida donde el Espíritu Santo continúa formando el carácter de Cristo en nosotros. Cada vez que aprendemos a perdonar, a servir, a humillarnos, a amar y a buscar la unidad, estamos creciendo más allá de la infancia espiritual. La gracia que salva es la misma gracia que transforma. Y uno de los mayores indicadores de esa transformación no es cuánto sabemos acerca de Cristo, sino cuánto nos parecemos a Él. Si alguien evaluara tu madurez espiritual observando tus actitudes, tus relaciones y tus reacciones cotidianas, ¿vería cada vez más el carácter de Cristo reflejado en tu vida? Oración Señor, gracias porque tu gracia no solo nos salva, sino que también nos transforma. Perdónanos cuando hemos confundido conocimiento con madurez o cuando hemos permitido que el orgullo ocupe el lugar de la humildad. Forma en nosotros el carácter de Cristo. Ayúdanos a crecer en amor, paciencia, mansedumbre y unidad. Que tu verdad no permanezca solamente en nuestra mente, sino que produzca una vida que refleje cada vez más a Jesús. En su nombre oramos. Amén.