📖 Último devocional publicado
6. Cuando la cruz redefine el éxito
📅 15-06-2026
1 Corintios 2:1–5 “Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría. Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a este crucificado. Y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor; y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios”. Después de exaltar la sabiduría de Dios manifestada en la cruz, Pablo vuelve por un momento a su propia experiencia cuando llegó por primera vez a Corinto. Lo que encontramos aquí resulta sorprendente porque contradice muchas de las ideas que solemos asociar con el éxito ministerial. Corinto admiraba a los grandes oradores. En el mundo grecorromano, la retórica era considerada un arte de enorme prestigio. Los conferencistas itinerantes atraían multitudes. Los filósofos competían por seguidores. La capacidad para cautivar a una audiencia era vista como una señal de grandeza. En ese contexto, muchos habrían esperado que Pablo utilizara todas las herramientas de la elocuencia para ganar influencia. Sin embargo, él recuerda su llegada de una manera muy distinta. No destaca su preparación intelectual. No resalta sus logros misioneros. No menciona resultados impresionantes. Habla de debilidad, temor y temblor. Estas palabras resultan sorprendentes cuando pensamos en el apóstol que desafió gobernantes, enfrentó persecuciones y llevó el evangelio por gran parte del mundo mediterráneo. Sin embargo, revelan una verdad importante: la confianza de Pablo nunca estuvo puesta en sí mismo. Probablemente todavía llevaba en su corazón el peso de las experiencias recientes. Había enfrentado oposición en Filipos, rechazo en Tesalónica, hostilidad en Berea y resultados limitados en Atenas. Cuando llegó a Corinto no lo hizo como una celebridad religiosa segura de sí misma. Llegó como un siervo dependiente de Dios. Eso explica su determinación: “me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a este crucificado”. Pablo no está diciendo que ignorara otras verdades doctrinales. Toda la carta demuestra lo contrario. Lo que está afirmando es que había decidido mantener la cruz en el centro de su mensaje. No permitiría que la sofisticación intelectual desplazara la esencia del evangelio. La iglesia siempre enfrenta esa tentación. Es posible hablar de muchas cosas sin hablar realmente de Cristo. Es posible discutir teología, cultura, liderazgo, ministerio, apologética o ética cristiana y, aun así, perder de vista el corazón del evangelio. Pablo entendía que la necesidad más profunda de Corinto no era admirar a un predicador brillante. Necesitaban encontrarse con Cristo crucificado. La iglesia contemporánea tampoco está libre de este peligro. Vivimos en una cultura fascinada por la imagen, la influencia y los resultados visibles. Muchas veces evaluamos el éxito utilizando los mismos criterios que utiliza el mundo. Nos impresionan las cifras, las plataformas, la popularidad o la capacidad comunicacional. Y aunque ninguna de estas cosas es necesariamente mala, pueden convertirse fácilmente en sustitutos del poder de Dios. Con frecuencia hablamos de ministerios exitosos cuando deberíamos preguntarnos algo más importante: ¿está Cristo ocupando el centro? Porque una iglesia puede crecer numéricamente y, al mismo tiempo, alejarse del evangelio. Puede desarrollar estructuras eficientes y perder dependencia del Espíritu Santo. Puede perfeccionar sus estrategias y olvidar el poder de la cruz. No son pocos los creyentes que terminan colocando su confianza en métodos, programas o personalidades. Sin embargo, Pablo declara que su propósito era que la fe de los corintios descansara sobre un fundamento mucho más sólido. “Para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios”. Esa frase merece una profunda reflexión. Toda fe construida principalmente sobre una persona terminará tambaleando cuando esa persona falle. Toda fe construida sobre emociones fluctuará con las circunstancias. Toda fe construida sobre argumentos humanos encontrará eventualmente preguntas que no podrá responder. Pero la fe que descansa en Dios posee un fundamento inquebrantable. Por eso Pablo menciona la demostración del Espíritu y de poder. No está promoviendo el espectáculo religioso ni experiencias descontroladas. A lo largo de toda la carta insistirá en que la obra del Espíritu debe manifestarse bajo el señorío de Cristo y en armonía con la verdad de las Escrituras. Lo que está afirmando es que la verdadera conversión no es producida por la capacidad humana de persuasión. El Espíritu Santo es quien abre los ojos, convence de pecado, revela a Cristo y transforma el corazón. Ningún predicador puede producir eso. Ninguna estrategia puede producir eso. Ninguna técnica puede producir eso. Solo Dios puede hacerlo. Como escribió Leon Morris, “el cristianismo no comenzó como una filosofía para ser discutida, sino como una proclamación acerca de un Salvador crucificado y resucitado”. Esa sigue siendo la misión de la Iglesia. Quizás uno de los mayores peligros para los creyentes maduros es comenzar a confiar gradualmente en aquello que podemos controlar. Nos sentimos más seguros cuando tenemos respuestas, experiencia o recursos. Sin embargo, el evangelio nos llama una y otra vez a regresar al mismo lugar donde estaba Pablo: una dependencia humilde del poder de Dios. La gracia que transforma no nos enseña a confiar más en nosotros mismos. Nos enseña a confiar más profundamente en Cristo. Y cuando Cristo vuelve a ocupar el centro, descubrimos que la debilidad humana no es un obstáculo para Dios. Con frecuencia es precisamente el escenario donde su poder se manifiesta con mayor claridad. ¿Tu confianza espiritual descansa principalmente en tus capacidades, experiencias y recursos, o en el poder de Dios manifestado en Cristo crucificado? Oración Señor, perdónanos por las veces que hemos confiado más en nuestras fuerzas que en tu poder. Perdónanos cuando nos impresionan más las estrategias humanas que la sencillez del evangelio. Ayúdanos a mantener a Cristo en el centro de nuestra vida, nuestro servicio y nuestra iglesia. Que nuestra fe descanse firmemente en ti y no en las capacidades de los hombres. Enséñanos a depender cada día de tu Espíritu y a recordar que toda verdadera transformación proviene de tu gracia. En el nombre de Jesús, amén.