📅 10-06-20261 Corintios 1:1–3
“Pablo, llamado a ser apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y el hermano Sóstenes, a la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro: Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo”.
Al comenzar nuestra travesía por las cartas a los Corintios, nos encontramos con una de las iglesias más conocidas, estudiadas y, probablemente, más parecidas a muchas congregaciones contemporáneas. A diferencia de otras cartas donde Pablo aborda principalmente problemas doctrinales específicos o persecuciones externas, en Corinto encontramos una iglesia real, con personas reales, luchas reales y conflictos reales. Había fe genuina, pero también inmadurez. Había dones espirituales, pero también orgullo. Había crecimiento, pero también divisiones. Había amor por Cristo, pero también áreas que necesitaban profunda transformación.
Para comprender mejor esta carta, necesitamos detenernos por un momento en la ciudad donde fue escrita. Corinto era una de las ciudades más importantes del mundo romano. Ubicada estratégicamente entre dos puertos, se había transformado en un centro comercial de enorme influencia. Personas de distintas nacionalidades, culturas, idiomas y religiones transitaban constantemente por sus calles. Era una ciudad rica, cosmopolita y profundamente marcada por la filosofía griega, el poder romano y la diversidad religiosa.
Sin embargo, junto con su prosperidad económica también florecía una profunda decadencia moral. Corinto llegó a tener una reputación tan conocida por su inmoralidad que, en algunas regiones del Imperio, el término “corintianizar” llegó a utilizarse para describir una vida caracterizada por excesos sexuales y libertinaje. La idolatría formaba parte de la vida cotidiana y la presión cultural sobre los nuevos creyentes era constante.
Y fue precisamente allí donde Dios decidió establecer una iglesia. Eso resulta profundamente alentador. Porque muchas veces pensamos que el evangelio prospera mejor en ambientes favorables, en culturas receptivas o en contextos moralmente saludables. Sin embargo, la historia bíblica demuestra exactamente lo contrario. Una y otra vez Dios levanta su pueblo en medio de contextos difíciles, hostiles o moralmente quebrados. La luz del evangelio suele brillar con más fuerza precisamente donde la oscuridad parece más profunda.
La historia de esta iglesia comienza en Hechos 18. Pablo llegó a Corinto durante su segundo viaje misionero. Venía de Atenas, donde había dialogado con filósofos y pensadores del mundo griego. Aunque había visto algunos frutos, el resultado no había sido especialmente masivo. Al llegar a Corinto enfrentó nuevos desafíos, oposición y momentos de dificultad. De hecho, el propio Señor tuvo que animarlo mediante una visión nocturna diciendo: “No temas, sino habla, y no calles; porque yo estoy contigo”.
Ese detalle resulta muy humano. A veces imaginamos a Pablo como un hombre incapaz de experimentar temor o agotamiento. Sin embargo, las Escrituras muestran algo diferente. Era un hombre profundamente dependiente de Dios, que también necesitaba ser fortalecido por la presencia del Señor. Y quizás eso nos recuerda que la fortaleza espiritual no consiste en nunca sentir debilidad, sino en aprender a depender continuamente de Cristo en medio de ella. Fue en ese contexto que nació la iglesia de Corinto.
Y aquí encontramos algo que marcará el tono de toda esta carta. Nosotros ya sabemos cuáles son los problemas que Pablo abordará más adelante. Sabemos que existían divisiones internas. Sabemos que había conflictos entre creyentes. Sabemos que algunos toleraban situaciones de pecado que debían corregirse. Sabemos que existían abusos relacionados con los dones espirituales. Sabemos que algunos incluso cuestionaban doctrinas fundamentales como la resurrección.
Sin embargo, antes de corregir cualquiera de esos asuntos, Pablo les recuerda quiénes son. Los llama “la iglesia de Dios”. Los llama “santificados en Cristo Jesús”. Los llama “llamados a ser santos”. Y esto resulta sorprendente.
Si nosotros hubiéramos escrito la carta, probablemente habríamos comenzado enumerando los problemas. Pablo comienza recordándoles la gracia. No porque ignore los errores. No porque minimice el pecado. No porque considere irrelevantes los conflictos. Sino porque entiende que la verdadera transformación siempre comienza recordando quiénes somos en Cristo.
La palabra “santificados” no significa que aquellos creyentes ya hubieran alcanzado la perfección espiritual. Toda la carta demuestra que todavía tenían mucho camino por recorrer. Más bien, significa que habían sido apartados para Dios. Pertenecían a Cristo. Su identidad fundamental ya no estaba determinada por la cultura de Corinto, por su pasado pagano ni por sus antiguas prácticas. Ahora pertenecían al Señor.
Y esa misma verdad sigue siendo necesaria para nosotros. Vivimos en una época donde muchas personas construyen su identidad sobre bases extraordinariamente frágiles. Algunos la construyen sobre el éxito profesional. Otros sobre la aceptación social. Otros sobre sus emociones, logros o fracasos. Pero todas esas cosas pueden cambiar.
El evangelio nos ofrece un fundamento mucho más firme. Nuestra identidad no descansa finalmente en lo que hacemos, sino en lo que Cristo ha hecho por nosotros. Y precisamente porque hemos sido alcanzados por la gracia, somos llamados a vivir de una manera coherente con esa gracia.
Este será uno de los grandes temas de Corintios. Pablo no está intentando convertir incrédulos en mejores personas. Está enseñando a creyentes cómo vivir de acuerdo con la nueva realidad que ya poseen en Cristo.
Primero viene la gracia. Luego viene la transformación. Primero viene el llamado de Dios. Luego viene la respuesta de obediencia. Primero Dios obra en nosotros. Después comenzamos a reflejar externamente esa obra interior.
Por eso la carta comienza con una expresión que veremos repetidamente a lo largo de estas páginas: “Gracia y paz”. La gracia que nos encontró cuando estábamos perdidos. La gracia que nos sostiene cuando somos débiles. La gracia que nos corrige cuando nos desviamos. La gracia que nos transforma progresivamente a la imagen de Cristo. Y la paz que nace de haber sido reconciliados con Dios por medio de Jesús.
Al mirar estos primeros versículos surge una pregunta necesaria: ¿estamos definiendo nuestra identidad por nuestras luchas, nuestros errores y nuestras circunstancias, o por la obra que Cristo ha realizado en nosotros?
Porque la transformación cristiana no comienza cuando finalmente logramos cambiar. Comienza cuando entendemos que hemos sido alcanzados por la gracia de Dios y que ahora pertenecemos a Cristo.
ORACIÓN
Señor, gracias porque tu gracia nos encontró cuando estábamos lejos de ti. Gracias porque no nos defines por nuestro pasado, nuestros errores ni nuestras debilidades, sino por la obra perfecta de Cristo. Ayúdanos a vivir cada día de manera coherente con el llamado que hemos recibido. Continúa transformando nuestro carácter, renovando nuestra mente y formando en nosotros la imagen de tu Hijo. Que nunca olvidemos que toda verdadera transformación comienza y termina en tu gracia. En el nombre de Jesús, amén.