📅 12-06-20261 Corintios 1:10–17
“Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer. Porque he sido informado acerca de vosotros, hermanos míos, por los de Cloé, que hay entre vosotros contiendas. Quiero decir, que cada uno de vosotros dice: Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo. ¿Acaso está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿O fuisteis bautizados en el nombre de Pablo? Doy gracias a Dios de que a ninguno de vosotros he bautizado, sino a Crispo y a Gayo, para que ninguno diga que fuisteis bautizados en mi nombre. También bauticé a la familia de Estéfanas; de los demás, no sé si he bautizado a algún otro. Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio; no con sabiduría de palabras, para que no se haga vana la cruz de Cristo”.
Pablo entra directamente en el primer gran problema que amenazaba la salud espiritual de la iglesia: las divisiones.
No se trataba de diferencias secundarias ni de simples desacuerdos personales. Algo más profundo estaba ocurriendo. Los creyentes habían comenzado a organizarse alrededor de líderes humanos. Algunos decían seguir a Pablo. Otros se identificaban con Apolos, el elocuente predicador alejandrino mencionado en el libro de Hechos. Otros preferían a Pedro. Incluso había quienes afirmaban seguir únicamente a Cristo, probablemente con una actitud de superioridad espiritual que terminaba produciendo el mismo efecto divisivo.
Lo que estaba sucediendo reflejaba, en parte, la cultura de la ciudad donde vivían. La sociedad grecorromana valoraba profundamente las escuelas filosóficas. Los discípulos solían identificarse con un maestro particular, defendiendo sus ideas y diferenciándose de otros grupos. La lealtad a un líder era una forma de identidad social. Sin darse cuenta, los creyentes comenzaron a trasladar esa mentalidad cultural al interior de la iglesia.
El problema no era apreciar a los líderes que Dios había levantado. Pablo mismo enseñó la importancia de honrar a quienes sirven fielmente al Señor. El problema surgía cuando la admiración se transformaba en una fuente de identidad y cuando la figura del líder comenzaba a ocupar el lugar que pertenece únicamente a Cristo.
Por eso Pablo formula tres preguntas que atraviesan los siglos con una fuerza extraordinaria: “¿Acaso está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿O fuisteis bautizados en el nombre de Pablo?” Cada pregunta conduce a la misma respuesta. No. Cristo no está dividido. Pablo no murió por los pecadores. Ningún creyente fue bautizado en el nombre de un líder humano. La iglesia existe porque Cristo murió, resucitó y reina. Todo lo demás es secundario.
A lo largo de la historia, el pueblo de Dios ha enfrentado esta misma tentación bajo distintas formas. A veces las divisiones nacen por preferencias ministeriales. Otras veces surgen por tradiciones, estilos, personalidades o énfasis teológicos. En ocasiones los creyentes terminan definiéndose más por el predicador que escuchan, la corriente que prefieren o la denominación a la que pertenecen que por el Señor que los redimió.
Corinto nos recuerda cuán fácil resulta desplazar el centro sin darnos cuenta. Cuando Cristo deja de ocupar el lugar principal, incluso las mejores cosas pueden convertirse en fuentes de división. Un ministerio saludable puede transformarse en motivo de orgullo. Un don espiritual puede convertirse en motivo de competencia. Una doctrina verdadera puede utilizarse como herramienta de superioridad. Lo que debía conducirnos a Cristo termina alejándonos de la sencillez del evangelio.
Por eso Pablo no presenta la unidad como un simple esfuerzo de convivencia. La unidad cristiana nace de una realidad mucho más profunda. Todos los creyentes hemos sido salvados por el mismo Señor, reconciliados por la misma cruz y adoptados por el mismo Padre. La unidad no es algo que fabricamos; es algo que Cristo ya creó mediante su obra redentora y que nosotros somos llamados a preservar.
Resulta significativo que Pablo apele a ellos “por el nombre de nuestro Señor Jesucristo”. No invoca su autoridad apostólica como primer argumento. Los conduce directamente a Cristo. Es como si dijera: “Miren nuevamente al Señor. Recuerden quién los salvó. Recuerden quién derramó su sangre por ustedes. Recuerden quién merece toda la gloria”.
Cuanto más contemplamos a Cristo, menos espacio queda para la exaltación humana. Cuanto más comprendemos la cruz, menos razones encontramos para la arrogancia. Cuanto más valoramos la gracia que hemos recibido, menos interés tenemos en construir pequeños reinos personales.
La cruz tiene una forma singular de derribar nuestros orgullos. Allí descubrimos que todos llegamos a Dios de la misma manera: como pecadores necesitados de misericordia. Ninguno posee méritos superiores. Ninguno puede reclamar privilegios especiales. Todos dependemos completamente de la gracia.
Por eso la respuesta de Pablo al problema de las divisiones no es simplemente organizacional. Es profundamente cristológica. La solución no consiste en mejorar la administración de la iglesia ni en establecer nuevas estructuras. La solución comienza cuando Cristo vuelve a ocupar el lugar que nunca debió perder.
La iglesia florece cuando sus ojos están puestos en Jesús. La iglesia se debilita cuando sus ojos están puestos principalmente en los hombres.
Y esa verdad sigue siendo tan necesaria hoy como lo fue en las calles de Corinto. La gracia que transforma no nos une alrededor de personalidades, preferencias o movimientos. Nos une alrededor de una Persona: Jesucristo, el Señor crucificado y resucitado, quien sigue siendo el único fundamento de su Iglesia.
Aunque los nombres han cambiado, las divisiones siguen apareciendo en la iglesia contemporánea. Ya no escuchamos con frecuencia a creyentes decir: “Yo soy de Pablo” o “yo soy de Apolos”, pero sí observamos una tendencia similar cuando nuestra identidad comienza a girar alrededor de ciertos predicadores, ministerios, movimientos o corrientes teológicas. Algunos se definen principalmente por el autor que leen, el conferencista que siguen o la plataforma que consumen. Otros terminan identificándose más con una posición doctrinal que con Cristo mismo.
No escribo esto como un observador distante. He visto esta realidad de cerca. En más de una ocasión he sido cuestionado, descalificado e incluso tratado con dureza por hermanos en la fe simplemente por no compartir exactamente sus conclusiones doctrinales en asuntos secundarios. Lo triste es que muchas veces el tono de esas discusiones ha reflejado más el espíritu de una contienda que el carácter de Cristo.
He visto verdaderas peleas entre creyentes por cuestiones como el calvinismo o el arminianismo, el bautismo de creyentes o de infantes, el pentecostalismo o el cesacionismo, la escatología pretribulacionista o postribulacionista.
Muchas de estas discusiones involucran asuntos importantes que merecen ser estudiados con seriedad y convicción bíblica. Sin embargo, cuando nuestras diferencias producen orgullo, desprecio o ruptura de la comunión, hemos perdido de vista el centro del evangelio. Por supuesto, existen doctrinas fundamentales por las cuales la iglesia debe mantenerse firme, pues forman parte del corazón mismo del evangelio. Pero muchas de las discusiones más agresivas ocurren alrededor de asuntos secundarios donde hermanos genuinos han diferido a lo largo de la historia cristiana.
Las redes sociales han amplificado este fenómeno. En ocasiones pareciera que los creyentes pertenecen más a una tribu evangélica que al cuerpo de Cristo. Defendemos nuestras posiciones, referentes y sistemas teológicos con una pasión que a veces supera nuestro amor por Cristo y nuestro compromiso con la unidad de su Iglesia. Corinto nos confronta porque revela cuán fácilmente podemos sustituir la centralidad de Cristo por aquello que consideramos distintivo de nuestro grupo. Charles Spurgeon advirtió una vez que la iglesia nunca fue llamada a exaltar a sus siervos, sino a su Salvador. Los hombres pasan; Cristo permanece. La cruz nos recuerda que todos llegamos a Dios por la misma gracia. Allí desaparecen nuestras credenciales, nuestras etiquetas y nuestros orgullos. Allí solo permanece Cristo.
¿Hay alguna persona, tradición, preferencia o énfasis particular que esté ocupando en tu corazón un lugar que solo Cristo debería tener?
Oración
Señor Jesús, perdónanos por las veces que hemos permitido que otras cosas ocupen el centro que te pertenece únicamente a ti. Guarda nuestro corazón del orgullo, de los sectarismos y de toda actitud que produzca división entre tus hijos. Ayúdanos a vivir a la luz de la cruz, recordando que todos dependemos de la misma gracia y servimos al mismo Salvador. Que nuestra identidad se encuentre siempre en ti y que nuestra vida refleje la unidad que tú compraste con tu sangre. Amén.