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📖 Domingo – LA ENTRADA TRIUNFAL: RECONOCIENDO AL MESÍAS
📅 01-04-2025
Mateo 21:1-11; Juan 12:12-19
La ciudad hervía de gente. Peregrinos llegaban desde cada rincón para la Pascua. Las calles polvorientas de Jerusalén se llenaban de aromas intensos, acentos distintos, oraciones elevadas, monedas entre manos, cánticos en los patios del templo. Pero esa mañana algo diferente se respiraba en el aire. Un rumor comenzó a recorrer la ciudad como viento entre los olivos: “¡Viene el profeta de Nazaret! ¡Es Jesús, el que resucitó a Lázaro en Betania!” Y de pronto, como si todos hubiéramos escuchado una voz silenciosa, nos empezamos a reunir. Sin saber bien por qué, nuestros pasos se aceleraban. Había una urgencia, una expectación que no nacía de lo racional.
Entonces apareció. Venía descendiendo por la ladera del monte de los Olivos, montado en un pollino, un burrito joven. No tenía la estampa de un general ni el porte de un rey humano. Y sin embargo, su presencia lo llenaba todo. Algunos comenzaron a extender sus mantos sobre el camino, un gesto que, desde los días antiguos, era reservado para honrar a los reyes. Otros cortaban ramas de palmera y las agitaban como estandartes de libertad. Para ellos, aquellas ramas no eran solo símbolo de celebración; eran emblemas nacionalistas, asociadas con antiguas victorias sobre opresores extranjeros.
Las voces se alzaron como una ola incontenible: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!” Hosanna, en hebreo, no era solo una expresión de alabanza, sino una súplica urgente: “¡Sálvanos ahora!” En la mente del pueblo, esa salvación era concreta, política, inmediata. Esperaban que Jesús fuera el libertador profetizado, el descendiente de David que los libraría del yugo romano, que restauraría el trono de Israel y traería gloria a la nación.
Pero el contraste era evidente. Él no venía en un carro de guerra ni sobre un caballo de batalla, como lo haría un conquistador. Venía montado en un pollino. Ese detalle no era casualidad, sino el cumplimiento exacto de la profecía de Zacarías: “He aquí, tu Rey viene a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno” (Zacarías 9:9). No venía a derrocar imperios, sino a derrotar al pecado. No venía a levantar una bandera nacional, sino a inaugurar el Reino de los cielos. Mientras las multitudes clamaban por liberación externa, Él ofrecía libertad interior. Mientras esperaban una corona de oro, Él avanzaba hacia una cruz.
La escena parecía un desfile de victoria, pero en realidad era una procesión hacia el sacrificio. La multitud no lo entendió. Creyó estar presenciando el inicio del reinado esperado: la caída del imperio romano, la restauración de Israel, el cumplimiento de las promesas. Pero Él, el que montaba sobre un asno, conocía otro camino. No venía a tomar el poder, sino a entregarse. No buscaba aclamaciones, sino corazones rendidos. Este Rey no venía a conquistar territorios sino almas. Su trono no sería de oro, sino de madera. Su corona no de laureles, sino de espinas.
Aquel día, unos lo adoraron, otros lo observaron con desconfianza, y algunos comenzaron a preparar su caída. Pero Él no se desvió. Su rostro estaba firme, sus pasos marcaban el compás del cumplimiento divino. Todo se movía hacia la cruz.
Los siglos han pasado, pero la pregunta aún nos alcanza: ¿reconoces tú al Rey? ¿Puedes ver más allá de la humildad, de la sencillez, del camino inesperado? Muchos todavía hoy lo aclaman con expectativas propias, deseando que cumpla sus planes. Pero el verdadero discípulo es el que ve en Él al Mesías que salva desde el servicio, que reina desde la entrega, que transforma desde el corazón.
Decía Charles Spurgeon: “Cristo montó sobre un pollino porque venía a gobernar con mansedumbre, y sólo los mansos pueden recibirle”.
Este día, cuando el eco del “Hosanna” aún resuena en nuestras almas, que nuestros corazones se abran para recibir al Rey verdadero. No el que se ajusta a nuestros anhelos, sino el que nos muestra el camino del Padre.
ORACIÓN
Padre eterno, gracias por enviar a tu Hijo como Rey humilde, que entra en nuestras vidas sin imponerse, pero con poder eterno. Enséñanos a reconocerlo, a honrarlo no sólo con palabras, sino con obediencia verdadera. Que nuestros pasos sigan el suyo, aunque nos conduzca por el valle de entrega, porque sabemos que su Reino no tendrá fin. En el nombre de Jesús, amén.
📖 Lunes – EL CAMINO DE LA CONVERSIÓN Y EL LLAMADO AL DISCIPULADO
📅 02-04-2025
Lucas 9:23-25; Mateo 16:24-26
El sol apenas había comenzado a asomar sobre las colinas que rodeaban Jerusalén. La ciudad, que se preparaba para la Pascua, despertaba lentamente entre murmullos, pasos apurados y el aroma de pan horneado. La tensión flotaba en el aire. Algunos hablaban con esperanza, otros con sospecha. Y en medio de aquel hervidero de emociones, Jesús caminaba con sus discípulos. Lo seguían con reverencia, pero también con preguntas no formuladas. Había emoción en el ambiente, sólo ayer la multitud había aclamado a Jesús como el rey que habría de liberar a su pueblo, agitando ramas de palma y gritando “¡Hosanna!” como quien cree que por fin ha llegado el día de la redención.
De pronto se detuvo. Miró a los suyos, como quien va a revelar un misterio. Su voz, firme pero serena, rompió el bullicio cotidiano: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame”. No era una invitación suave ni una frase decorativa. En una cultura donde la cruz representaba tortura, humillación pública y muerte, sus palabras cayeron como piedras en el corazón. En tiempos del imperio romano, la cruz no era símbolo religioso. Era una sentencia. Todos sabían lo que implicaba cargar una cruz. Lo entendían aún más quienes veían en Jesús al Mesías prometido, pero esperaban un libertador político, no un siervo sufriente.
Se podía observar el rostro de los discípulos. Algunos bajaron la vista. Otros fruncieron el ceño. Pedro, siempre impulsivo, miró a Jesús como queriendo protestar, pero esta vez guardó silencio. Era evidente que Jesús no buscaba admiradores, sino seguidores dispuestos a morir. Morir al ego. A los planes personales. A la comodidad. Morir a sí mismos para vivir en Él. Nadie podía seguirle sin primero rendirse por completo.
Y sin embargo, había algo en sus palabras que no se podía ignorar. “Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará”. Era una paradoja que resonaba en lo más profundo del alma.
En una sociedad marcada por la opresión, la supervivencia, la necesidad de defender lo propio, Jesús hablaba de entrega, de una conversión radical que comenzaba en lo más íntimo. No era solo un cambio de conducta, sino de identidad. Un nuevo nacimiento que dolía, pero que traía libertad.
Lo que dijo después fue aún más inquietante: “¿Qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?” Esa pregunta, en medio de un mundo donde la mayoría luchaba por tener lo mínimo para vivir, no parecía lógica. Pero había en sus ojos una profundidad que revelaba algo eterno. Él hablaba del alma como quien ve más allá del tiempo, más allá del cuerpo. No advertía como un juez, sino como un pastor que ama a sus ovejas y las llama al redil antes de que sea tarde.
Los discípulos, aunque aún no comprendían del todo, sabían que algo decisivo estaba ocurriendo. Era el inicio de un camino que los llevaría a perderlo todo… y a ganarlo todo. En esos días, seguir a Jesús era peligroso. El precio no era simbólico. El rechazo social, la persecución religiosa, la traición incluso de familiares era una posibilidad real. Pero Él no escondía nada. Les mostró el camino y también el costo. Les ofreció vida, pero a través de la cruz.
Hoy, ese llamado sigue resonando. La voz de Cristo, la misma que oí aquel día, sigue invitándonos a dejar lo viejo y caminar con Él. A no conformarnos con lo que pasa, sino abrazar lo eterno. A rendir lo que somos para recibir lo que Él es. La conversión es más que arrepentimiento; es una entrega absoluta al Maestro que camina hacia Jerusalén, sabiendo que la cruz no es el final, sino el principio.
“Cuando Cristo llama a un hombre, le dice: ‘Ven y muere’”. (Dietrich Bonhoeffer)
ORACIÓN
Padre Santo, en el nombre de Jesús, venimos a Ti con corazones dispuestos a escucharte. Sabemos que el camino del discipulado no es fácil, pero queremos seguir a tu Hijo con fidelidad. Ayúdanos a negarnos a nosotros mismos, a tomar nuestra cruz cada día y a caminar contigo, aun cuando cueste. Enséñanos a valorar lo eterno por sobre lo pasajero. Que no temamos perder lo que no podemos conservar, para ganar lo que solo Tú puedes dar. Fortalece nuestro compromiso y haznos verdaderos discípulos tuyos.
Amén.  
📖 Martes – ENTRE COLUMNAS DE MÁRMOL Y CORAZONES VACÍOS
📅 03-04-2025
Mateo 23; Marcos 8:31-33
El sol caía sobre los patios del templo y las columnas proyectaban largas sombras sobre las losas calientes. Ese templo, aunque aún llamado “el de Zorobabel”, había sido remodelado con gran fasto por Herodes el Grande. Piedra sobre piedra, mármol traído de lejos, pórticos majestuosos, escalinatas que conducían a patios divididos por muros invisibles de exclusión: mujeres, gentiles, leprosos, todos delimitados. Pero todo ese esplendor no podía ocultar el vacío espiritual que se había instalado en el lugar donde debía habitar la gloria de Dios.
Era martes, y la ciudad hervía de movimiento, de discusiones, de tensión. Los rostros de los religiosos mostraban una sonrisa cuidadosa, pero en sus ojos había turbación. No sabían cómo responder al Galileo que enseñaba con autoridad y desnudaba la apariencia de sus corazones.
Desde una esquina del atrio, entre los murmullos de la multitud, se podía ver cómo Jesús, con voz firme y ojos encendidos de compasión y justicia, dirigía palabras que atravesaban el alma como espadas: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!” (Mateo 23:13). No hablaba con ira rencorosa, sino con el dolor de quien ha visto demasiada mentira en lugares donde debería habitar la verdad. La gente escuchaba con asombro y cierto temor. Algunos bajaban la mirada. Otros, con los puños apretados, no disimulaban su molestia.
Mientras las palabras de Jesús se sucedían —acerca de cargas pesadas impuestas a los demás, de sepulcros blanqueados, de una religión que se jacta por fuera pero está vacía por dentro—, algo más profundo se revelaba. No era solo una denuncia. Era una llamada a despertar. A dejar la hipocresía, a dejar de vivir para los aplausos. A vivir con coherencia, a reconciliar lo que se cree con lo que se vive.
Más tarde, alejados del templo, mientras caminaban por los olivares que bordean Jerusalén, Jesús les hablaba a los suyos con ternura y verdad: “Es necesario que el Hijo del Hombre padezca mucho, y sea desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y que sea muerto, y resucite después de tres días” (Marcos 8:31). Pedro no pudo contenerse. Su amor era sincero, pero su comprensión limitada. Tomó a Jesús aparte y comenzó a reprenderlo. No podía aceptar un Mesías que hablara de muerte.
La respuesta de Jesús fue dura, pero justa: “¡Quítate de delante de mí, Satanás! Porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres” (Marcos 8:33). No era solo Pedro. Era toda la humanidad resistiéndose al camino del sufrimiento redentor, al escándalo de la cruz, al amor que se entrega hasta el extremo.
En esa jornada densa y reveladora, el Maestro mostró que la religión sin amor es fachada vacía, y que la fe verdadera siempre está dispuesta a perder para ganar, a morir para vivir, a callar ante la injusticia y confiar en el Dios que juzga con verdad. No es fácil enfrentar la crítica, la traición, ni el peso de la mentira religiosa. Pero Jesús no retrocedió. No escondió la verdad para evitar conflictos. No suavizó su mensaje para conservar seguidores.
Y aunque sus palabras fueron duras, estaban cargadas de esperanza. Porque incluso a Jerusalén —la que mata a los profetas—, le tendió los brazos como la gallina que junta a sus polluelos bajo las alas (Mateo 23:37). El corazón de Cristo arde por los perdidos, incluso por aquellos que no quieren ser hallados.
Hoy, siglos después, sus palabras aún confrontan. Nos invitan a examinarnos. ¿Qué hay detrás de nuestras máscaras religiosas? ¿Vivimos para ser vistos o para servir? ¿Evitamos el sufrimiento o lo abrazamos como parte del camino del Reino?
Yo estuve allí cuando él anunció su sufrimiento y no lo evitó.
Yo estuve allí cuando le dije al Maestro que no fuera a Jerusalén.
Yo estuve allí cuando sus palabras me desnudaron por dentro.
Yo estuve allí, entre los muros dorados de un templo brillante y vacío.
Como dijo A.W. Tozer:
“Dios nunca usa a un hombre grandemente, hasta que lo ha herido profundamente”.
ORACIÓN
Padre amado, en el nombre de Jesús, te doy gracias por la verdad que libera, aunque duela. Ayúdame a vivir una fe sin doblez, sin máscaras, sin buscar la aprobación de los hombres. Enséñame a seguir a tu Hijo en el camino del amor, la verdad y el sacrificio. Que mis palabras y mis hechos reflejen coherencia. Y si debo sufrir por causa de Cristo, dame la gracia para abrazarlo con gozo, sabiendo que Tú ves todo y recompensas a los tuyos. Amén.